Invertir en formación tiene beneficios claros para los trabajadores, ya que puede llegar a contribuir hasta un 46% de los ingresos de una persona a lo largo de su vida. Además, en un mercado laboral cada vez más cambiante y en contextos de incertidumbre económica, seguir formándose continúa siendo una herramienta clave para mantener la empleabilidad. Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los profesionales que desarrollan las llamadas soft skills o habilidades blandas tienen un 30% más de probabilidades de mantenerse empleados.
Este escenario cobra todavía más importancia si se tiene en cuenta la falta de talento a escala global. Las previsiones apuntan a que esta escasez podría superar los 85 millones de personas y generar una pérdida económica mundial de hasta 8,5 billones de dólares anuales en 2030. Ante esta realidad, las empresas necesitan perfiles con conocimientos técnicos, pero también con competencias como el pensamiento crítico, la creatividad, la capacidad de resolver problemas, la adaptabilidad o el liderazgo. Según el Foro Económico Mundial, estas habilidades son ya un factor diferencial en las organizaciones.
La necesidad de seguir aprendiendo también está vinculada a los cambios en las formas de trabajo. La consolidación del trabajo híbrido o remoto, la transformación digital y el impacto de la inteligencia artificial en todos los sectores exigen profesionales capaces de actualizarse constantemente, también en habilidades sociales y emocionales.
En este contexto, la formación a lo largo de la vida ya no es solo una opción recomendable, sino una necesidad estratégica tanto para los profesionales como para las organizaciones. Apostar por ella es apostar por profesionales preparados, empresas más competitivas y una economía más fuerte y resiliente. También ayuda a retener talento, ya que las organizaciones que apuestan por las competencias tienen un 98% más de probabilidades de conservar perfiles clave.